¿Realmente has visto eso?

En 1974, unos investigadores diseñaron un experimento para comprobar la efectividad de la memoria, y si ésta puede ser manipulable. 45 personas vieron una película acerca de un accidente de tráfico. A 9 de esas personas se les pidió luego que estimaran a qué velocidad iban los vehículos cuando chocaron. Se les preguntó lo mismo a los otros 4 grupos pero la palabra “choque” fue reemplazada por palabras diferentes como colisión, impacto, encontronazo y golpe.

Para los que respondieron a la palabra choque, iban 30km más rápido que aquellos a los que se les dijo la palabra encontronazo. Una semana más tarde, se les preguntó a los participantes acerca del cristal roto en el accidente, y aquellos que tuvieron palabras más fuertes recordaron un cristal roto en el accidente… cuando en realidad no había habido ninguno.

Parece que algo tan preciso como una palabra puede manipular la percepción de un hecho y su recuerdo posterior. Recordad, tan importantes es lo que se dice como el cómo se dice.

De las manzanas al euro perdido y sigue la crisis

Bueno, vamos allá con la solución. Aunque sé que algunos de vosotros ya habéis dado con ella.

El acertijo se basa en tres afirmaciones. La primera dice. “A un árbol subí en que manzanas había”. Como dije se trata de un problema de lengua, no de mates, así que debemos fijarnos en que manzanas está en plural; eso descarta automáticamente dos opciones: que en el árbol no hubiera ninguna manzana o que hubiera solo una: tenía que haber como mínimo dos manzanas.

La segunda proposición dice “manzanas no cogí”. Nuevamente en plural. Eso descarta la mayoría de los números (del dos, primer número plural, en adelante); de hecho sólo nos deja dos opciones: que cogiera sólo una, o que no cogiera ninguna.

Y lo mismo con la tercera proposición: “manzanas no dejé”. Una vez más en plural. Aunque no dejara dos o más manzanas, perfectamente podría dejar una o dos.

Recapitulemos y veamos las opciones:

Buscamos un número mayor o igual a dos.

Al subir cojo 1 manzana y dejo 0 manzanas en el árbol. Total 1+0 = 1. Resultado incorrecto puesto que buscamos un número mayor o igual a 2.

Al subir cojo 0 manzanas y dejo 1 manzana en el árbol. Total 0+1 = 1. Resultado incorrecto.

Al subir cojo 0 manzanas y dejo 0 manzanas en el árbol. Total 0+0 = 0. Resultado incorrecto.

Al subir cojo 1 manzana y dejo 1 manzana en el árbol. Total 1+1 = 2. Único resultado correcto posible.

Et voilà.

Para terminar voy a proponeros otro enigma que dejó Simón en “comentarios” y me parece demasiado interesante como para que pase inadvertido. Como él mismo dice, la solución da muchas pistas de “nuestra” actual crisis económica. El enigma dice así:

Una camiseta vale 7€.

No tienes dinero así que tomas prestado de tu madre 5€ y de tu padre otros 5€.

Compras la camiseta y te sobran 3€.

Le das 1€ a tu padre, otro a tu madre, y tú te quedas con el tercero.

Ahora le debes 4€ a tu padre y 4€ a tu madre.

4€ + 4€ = 8€. 8€ + 1€ tuyo = 9€.

¿Dónde se ha perdido 1 de los 10€?

¿Cuántas manzanas había?

Venga, hoy un juego de lógica:

A un árbol subí en el que manzanas había. Manzanas no cogí y manzanas no dejé. ¿Cuántas manzanas había?

 

P.S. truco: no es un problema de matemáticas, sino de lengua.

P.S.2. Si alguien se anima a dar la respuesta, que no se olvide de explicar por qué.

¿y A mí quién me motiva?

ImagenComo profesor siempre me ha llamado la atención ver a alumnos incapaces de leer un libro o de memorizar la conjugación verbal, que luego devoran el manual de conducir para sacarse el carnet. ¿Por qué? Por la palabra mágica de todos los que nos dedicamos a la educación: motivación. El problema es que en torno a esta palabra hay mucha confusión y cada uno la utiliza con criterios distintos.

 

Hay gente (alumnos y padres, fundamentalmente) que piensa que motivar es convencer a otro de que el trabajo que hay que hacer es fácil y divertido (o muy interesante o útil y necesario, etc). Imaginad que un día llego a clase y les digo a mis alumnos: “¡Muy bien, chicos, hoy vamos a ver el maravilloso mundo de la morfosintaxis! ¡Vais a ver qué divertido es cuando localizamos ese adjetivo que parecía esconderse en el complemento directo y desenmascaramos su verdadera función de complemento predicativo! ¡Es tronchante!” Primero los alumnos me mirarán con desconfianza; después, cuando comprueben que el asunto no es maravilloso ni tronchante, pensarán que o bien me estaba burlando de ellos o que esa mañana iba con sobredosis de Colacao.

 

Lo cierto es que el concepto de lo divertido, lo fácil, lo interesente, lo útil y necesario… es una valoración subjetiva que cada cual debe evaluar y eso no exime de tener que hacer el trabajo. ¿O acaso me van a hacer creer que leer y memorizar el manual de la autoescuela es una lectura apasionante, divertida y fácil?

 

El diccionario de la RAE define “motivar” como “dar causa o motivo para algo”. Así pues, motivar es buscar un motivo para hacer algo; no engañarse (o autoengañarse) sobre la facilidad o la diversión de esa acción. La segunda cuestión clave es: ¿quién debe motivar? ¿Los profesores? ¿Los padres? ¿La sociedad?

 

Respuesta: uno mismo; puesto que nadie mejor que uno mismo conoce esos motivos que nos impulsan a conseguir objetivos: dinero, admiración, aprobación de los demás, de uno mismo… No importa el motivo, si éste nos sirve.  A veces, puede resultar útil la orientación de otra persona (un profesor, un psicólogo, un amigo,  padre o madre,…), pero cada cual debe buscar sus propios motivos. Cada cual es responsable de su propia motivación.

 

Otro asunto igual de interesante (o más) sería analizar todas esas cosas que solemos hacer sin un motivo aparente, como escribir un blog, por ejemplo.

Un dilema moral y algo más.

Se te plantea el siguiente dilema Moral:

Estás conduciendo tu coche en una noche de tormenta terrible. Pasas por una parada de autobús donde se encuentran tres personas esperando:

1. Una anciana que parece a punto de morir.

2. Un viejo amigo que te salvó la vida una vez.

3. El hombre perfecto o la mujer de tus sueños.

¿A cuál llevarías en el coche, habida cuenta de que sólo tienes sitio para un pasajero?

Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.

 

 

 

 

 

 

 

¿¿LO HAS PENSADO??

 

 

Este es un dilema ético-moral que alguna vez se utiliza en entrevistas de trabajo.

Podrías llevar a la anciana, porque va a morir y por lo tanto deberías salvarla primero; o podrías llevar al amigo, ya que te salvó la vida una vez y estas en deuda con él. Sin embargo, tal vez nunca vuelvas a encontrar al amante perfecto de tus sueños.

Cualquier respuesta es buena y sin embargo deja siempre un rastro de insatisfacción y frustración detrás. Pero un candidato dio una vez con la respuesta perfecta.

¿QUÉ DIJO? Simplemente contestó: “Le daría las llaves del coche a mi amigo, y le pediría que llevara a la anciana al hospital, mientras yo me quedaría esperando el autobús con la mujer de mis sueños.”

Moraleja: Debemos superar las aparentes limitaciones que nos plantean los problemas, y aprender a pensar creativamente.

 

P.S. No tiene nada que ver, pero releyendo lo escrito me topé con “El hombre perfecto o la mujer de tus sueños”. Lo escribí de forma inconsciente pero, ahora que me he dado cuenta, no puedo evitar preguntarme por este doble rasero: perfección vs idealización. ¿Será un cliché?

El día en que quedé como un patán

Hola. Hoy quiero escribir algo diferente. Divertido. Y aprovechando que ya hay quien se ha animado a hacer comentarios, estaría bien que esta entrada creciera gracias a vuestras aportaciones. Se trata de contar aquella vez en la que metisteis la pata y quedasteis como un auténtico patán. Y para romper el hielo, empezaré yo con una de mis anécdotas más patética y vergonzosa.

 

Hace años, al poco de cumplir yo 18, se celebraron elecciones municipales y regionales. Era la primera vez que votaba. Y mi padre me llamó para ir a comer juntos y después ir a votar. El caso es que hacía calor, la comida fue copiosa, tomamos algo de vino… (todo esto es para justificarme, claro) y cuando llegó la hora de votar yo estaba algo… espeso. Cogí los dos sobres, los rellené con sendas papeletas y me acerqué a la mesa electoral, donde estaban las urnas y las personas a las que les había tocado en suerte pasar el día allí, entre los cuales estaba un vecino algo guasón. Y este vecino me ve llegar y dice: “¡qué, vas a votar a las dos? Y yo, miro el reloj y respondo: “No, a las cuatro”.

 

Ni siquiera esperaron a que me marchara; todos se troncharon de risa en mis propias narices. Y mientras, yo, rojo como un tomate, pensaba que la pregunta había sido capciosa: si venía con los dos sobres en la mano, era evidente que iba a votar a las dos elecciones; luego la pregunta tenía que referirse a lo menos obvio: la hora. En fin, justificaciones. Lo cierto es que quedé como un auténtico patán y aquellas personas aún se troncharán de risa al recordarme mirando el reloj antes de responder.

 

Ahora, paso la vez. Animaos.

Homenaje a Ignatius J. Reilly

Cuando era niño, una vez anunciaron en el colegio que nos iban a hacer un test de inteligencia. La mayoría reaccionamos con curiosidad. Algunos estaban muy contentos, pues se sabían muy buenos y querían cuantificar cuánto de buenos eran realmente. Otros estaban horrorizados: sus notas no invitaban a un resultado generoso y temían quedar expuestos ante toda la clase (aunque en realidad eso ya ocurría examen tras examen). Y yo… bueno, yo, un poco de todo; porque aunque mis notas siempre han sido buenas, siempre he intuido que en mi cabeza pasan cosas… peculiares.

 

Dicho y hecho. Al acabar el test resulté ser “fronterizo”, entre el “subnormal profundo” y el “normal simple”. La psicóloga, que sabía de mi buen expediente académico, dio por sentado que simplemente no me había tomado la prueba en serio. Pero nada más lejos de la realidad. Se trataba de preguntas sencillas, pero apenas nos daban unos segundos para responder: buscaban la respuesta impulsiva, no la meditada (¡vaya usted a saber por qué!). Y mis respuestas impulsivas eran algo diferentes a las de mis compañeros.

 

Una decía: “si la vaca muge, ¿qué hace la rana?” La mayoría respondió “croar”. Pero yo no. Yo respondí que la rana se asusta y se va dando saltitos hasta la charca. ¿Por qué iba a ponerse a croar? Eso no tiene ninguna lógica.

 

Otra te pedía que ordenaras cronológicamente una serie de dibujos; a saber: un pollito pequeño, un huevo, un pollito mediano y una gallina grande. Y para no marear la perdiz, te decían que empezaras por el huevo. Yo puse el huevo, la gallina más grande, el pollito más pequeño y, al final, el pollo mediano. Ahí, la psicóloga no aguantó más y me preguntó por qué había hecho eso. Y yo le respondí que si no viene la gallina a incubar el huevo, el pollito no sale, y probablemente acabará frito, como casi todos los huevos.

 

La psicóloga me dijo que era muy retorcido (o algo así). Pero yo os prometo que, contra reloj, eso fue lo primero que me vino a la cabeza.

 

Tardé un tiempo en recuperarme de lo de “fronterizo”. Al final, me di cuenta de que esos test miden procesos mentales estándar y no se ajustan bien a las mentes de quienes, simplemente, piensan diferente. Y esa sensación de no encajar en los moldes demasiado estrechos de esta sociedad gregaria me ha perseguido durante toda mi vida. Dedico este texto a todos aquellos que alguna vez se han sentido diferentes y tuvieron la valentía de no seguir a la manada.